Cuando la melancolía llama a la puerta

 

escaparate

Caminando por las calles de mi ciudad, en medio de la vorágine de luces, adornos, ofertas y gente en estos días navideños, sin previo aviso, la nostalgia me tomó de la mano y guió mis pasos hacia rincones antes mágicos. Busqué aquellos pequeños comercios en los que la belleza y la ilusión eran la premisa en estos días, y descubrí con gran pesar que ya no existen. En su lugar hay establecimientos de cadenas de comida rápida, de café americano o de ropa en serie.
Ya no hay objetos únicos.
Ya no hay escaparates de ensueño con adornos singulares.
Ya no hay magia.

En eso consiste el viaje de la vida” pensé “en disfrutar cada momento y atesorarlo porque una vez ha pasado, lo más seguro es que no podamos volver a disfrutarlo más.
Porque nosotros ya no seremos nosotros.
Porque esos instantes son irrepetibles.
Porque esos lugares pueden desaparecer“.

Sin embargo, saber esto no me reconfortó, no me hizo sentir mejor, al contrario, sentí como la nostalgia me abrazaba con fuerza y la melancolía invadía mi corazón. Sentí una profunda añoranza de aquellos lugares, de los momentos allí disfrutados, de aquellas ilusiones y de la que era yo entonces.

Dicen que la nostalgia es exceso de pasado, tal vez es eso lo que he sentido, como ese pasado hermoso venía, como el fantasma del Cuento de Navidad, en un presente en el que ya no existe.

Mientras la nostalgia se va, buscaré atesorar nuevos recuerdos y trataré de descubrir nuevos rincones mágicos antes de que alguna franquicia los haga desaparecer…

Arpillera

Hoy he ido a hacer la compra, como cualquier otro sábado, y, al llegar a la caja, me he dado cuenta de que necesitaba otra bolsa. En ese momento, la cajera me ha dado una bolsa de arpillera marrón con un bonito dibujo de mariposas. Y de pronto, sin previo aviso, el aroma de la arpillera me trasladó a mi infancia, a mis clases de manualidades en las que aprendíamos a coser a punto de cruz y, con esta tela gruesa y rugosa de penetrante aroma a naturaleza, con lana de vistosos colores y grandes agujas de punta redonda, dibujábamos letras y formas. He podido sentir las risas infantiles de mis amigas, he recordado aquella luz amarillenta de las lámparas proyectada sobre las paredes de color castaño, iluminando las tardes de lluvia invernales, sintiendo la felicidad de aquellos tiempos en los que las preocupaciones del día a día no existían.

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Porque la vida está hecha de recuerdos, de retazos que la memoria hace aflorar cuando menos lo esperamos, para traernos gotas de felicidad y devolvernos a nuestros orígenes y a nuestra esencia.

¡Feliz fin de semana y felices lecturas!